Noticias - 18 Julio 2016
Nuestras discapacidades invisibles

Óscar Palma, director de teatro y quien ha dedicado parte de su vida al trabajo con personas en situación de discapacidad, comparte una sentida reflexión sobre los obstáculos personales que han enfermado a la sociedad. Una columna de opinión que nos hará pensar sobre la forma en la actuamos.

Por: Óscar Palma, director de teatro.

Fotografía: Óscar Palma.
Elenco de Teatro del Club Deportivo Sol Naciente de Talca, dirigido por Óscar Palma..

 

Vivimos en una sociedad en que el existimo parece ser el absoluto de muchas personas para sentir que su vida transita por buenos senderos. Crecemos y nos desarrollamos en una sociedad que nos mide por lo que rendimos, producimos y, lo más triste de todo, por lo que aparentamos ser que no es nada más que una máscara que oculta frustraciones, desencantos e infelicidad por doquier.

Nuestras vidas caminan por una sociedad que cada día adolece más y más de aquellas actitudes, gestos y valores que nos pueden llevar al íntegro desarrollo individual y colectivo como resultado del primero.

Pero este caminar cada día, trás esa tierra prometida en publicidad y cifras macroeconómicas, nos va mostrando una serie de discapacidades que desarrolla cada ser en su identidad, pero que nos va atando a sensaciones de inapetencia valórica y moral.

Estamos desarrollando nuestras vidas y proyectos en una sociedad profundamente Discapacitada, que nos va coartando la capacidad de amar, de vivir en comunidad, de asombrarnos por los simples milagros cotidianos de la vida que fluye mágica e invisiblemente a nuestro alrededor como don preciado del Hacedor de Toda Vida.

Estamos insertos en una forma de vida comunitaria que nos agobia con sus discapacidades de toda índole y restringiendo cada vez más las posibilidades de ser humanos pensantes y gestores de ternura para los que nos rodean e incluso compiten con nosotros.

Necesitamos, en medio de un país y de una sociedad que se debate entre varias reformas, hacer hincapié en la más urgente y necesaria de todas ellas, una que todo sistema social y político debiera considerar.

Si no reformamos nuestra alma, lo esencial de lo que somos, si no damos cabida a las emociones y sentimientos por los cuales el homo sapiens bajó de un árbol hace millones de años, seguiremos en esta debacle insaciable de producir, comprar, tener y acumular como si eso fuera la receta sagrada de toda felicidad.

Se nos hace imperioso tramitar una Reforma del Alma, para superar nuestras discapacidades valóricas y retomar colectivamente el fin único de nuestra terrenal existencia, que no es otro que amar, servir, perdonar, tender puentes, acoger dolores, compartir sonrisas y humanizar de nuevo este hermoso país que a ratos se nos escabulle entre tanto consumismo y egoísmo por la posesiones.

La Reforma que necesitamos no se legisla, no es posible convertirla en Ley de la República, ella debe nacer, crecer, desarrollarse uterinamente en cada alma y corazón; necesita volver a maravillarse del milagro de la vida, de la simpleza de los actos y de la felicidad inmensa de vivir en este gran país.

Solo así algún día sonreiremos, sembraremos y compartiremos el fruto bullente de la ternura, el amor, el apoyo y la amistad libre y desinteresada...

Que no nos derroten nuestras discapacidades invisibles…