Noticias - 4 Abril 2016
Mi espalda, espejo que se apura y se enlentece. Pro-actividad, Kinesiología y Reflexión.

No deja de ser ambicioso el querer intervenir al ser humano en su expresión del movimiento en todas sus dimensiones. Una vez se tenga claro que ese es el marco de acción del kinesiólogo, conjugando a la pro-actividad profesional, al trabajo en equipo con otros actores de la salud, que abracen la vida y acepten la muerte como parte del proceso vital, creo que podremos hacer crecer nuestro quehacer, darle un espacio donde pueda moverse libremente, ayudando a los individuos como agentes aislados y en conjunto a rehabilitarse y expresarse.

Por: Mauricio Flores, kinesiólogo.

Fotografía: Fotografía: El Pensador, de Auguste Rodin.

 

…Mi espalda, espejo de un viento que se apura y se enlentece

Por épocas me unifica, otras me hace desintegrar…

Veredas de agua (K. Johansen)

La actividad kinésica se desempeña en distintas áreas, musculoesquelética, respiratoria (ventilatoria), neurológica. Por otra parte, han evolucionado campos menos tradicionales en donde el kinesiólogo se ha instalado paulatinamente: el área del paciente crítico, la ergonomía y el cuidado de la actividad laboral, la fisiología clínica del ejercicio, en la oncología, por nombrar solo algunas.

Al respecto, quisiera tratar 5 aspectos relevantes, a mi parecer, en el quehacer kinésico:

La pro-actividad es un elemento esencial en cualquier quehacer y, de cierta manera, se conjuga con el “saber-hacer”. La única manera de llegar a dominar una actividad es justamente, hacerla. Estudiar es importante, mas no suficiente. Y es aquí donde a mi parecer la dupla “saber-hacer” aparece.

Es importante saber, estudiar, informarse, como también lo es ser capaz de llevar esos conocimientos a la práctica y “saber” usarlos bien (podríamos hablar de un doble saber, saber la teoría y saber utilizarla). Por ende, salir a trabajar al mundo profesional es un doble desafío respecto a lo que uno como estudiante se acostumbra.

Mi experiencia en la universidad siempre fue más bien teórica, de seguro porque es lo que me acomoda, leer, pensar, conversar. Sin embargo, durante el año de práctica profesional me sacudió el hecho de que, a pesar de todo lo que estudiara, aún no era capaz de solucionar los problemas reales que se me plantearon. Es distinto saber y hacer y aun más difícil “saber-hacer”. Pero ahí radica la belleza y la satisfacción de ser un profesional, ser una persona preparada en conocimientos para solucionar los problemas que se planteen dentro de su marco de acción.

Sin pro-actividad la capacidad de resolución de problemas se limita al mínimo. Hay que querer lo que se hace y actuar de acuerdo a ello, dado que todo quehacer está enmarcado en función de entregar algo a los demás, ser capaz de actuar independientemente y con conocimiento de causa en búsqueda de esa entrega. Eso es esencial.

Por otra parte, por más pro-activo que se sea, los cambios a generar de manera individual pueden ser importantes, sin embargo, demasiado limitados. Esto queda aun más en evidencia en el área de la salud, donde distintos ámbitos se entrelazan para entregar la mejor atención a individuos que están, digámoslo como es, sufriendo.

Teniendo en consideración que las dimensiones humanas son demasiadas para que solo un profesional las cubra (o un técnico o, mejor dicho, un solo individuo), el trabajo en equipo aparece como un objetivo por sí mismo. Ahora, adentrándonos en el contexto del cuidado intensivo, esto implica aún más emergencia dado que la carrera muchas veces es cara a cara contra la muerte del individuo afectado. Es por esto que, dentro de mi formación personal, la experiencia que viví en UCI fue la más explícita de la necesidad de generar lazos y puentes con otros actores de la salud en pro de entregar una atención oportuna, que por supuesto, es necesaria en cualquier servicio, incluyendo el área de la investigación científica.

Francisco Varela planteaba, influenciado por el budismo, que la muerte es un espejo donde se refleja uno mismo. “Nadie puede morir por mí” plantea el Dalai Lama, y es por estas razones que el budismo le entrega tanta relevancia a la reflexión en vida sobre la muerte, es un proceso inexorable, tan real e inevitable como la vida misma, “es que no hay nada más terrible que no estar preparado al morir” asegura Sogyal Rimpoche.

Así, para el budismo la muerte es un proceso que entrega sentido a la vida y es de esencial importancia no dejar de lado la cuestión de la muerte ni menos al individuo en proceso de estar muriendo. Algo muy distinto a la cultura occidental que rehúye el morir como si fuera el enemigo y del enfermo como si se viera a sí mismo en su miseria.

Esto no implica que el proceso de morir, de los seres queridos o de uno mismo, no produzca sufrimiento, si no que como parte natural de la vida que es, la mejor manera de enfrentarla es prepararse para ese momento de “abandono y partida”.

Por otra parte, Heidegger, filósofo alemán del siglo XX, plantea que la muerte es “la posibilidad de posibilidades” dada su amenaza constante que nos recuerda nuestra propia fragilidad. Esta vulnerabilidad, asociada al inexorable paso del tiempo son para él los principales determinantes de la existencia humana.

Sin intención de dar más rodeos, mi experiencia con la muerte en el servicio UPC fue fuerte, es una vivencia que impresiona, que deja en silencio y reflexionando, sin embargo, la muerte es tan natural como el respirar o defecar, es tan solemne como diaria y creo que es justamente el trato que el funcionario de salud entrega durante el proceso de vida como en los cuidados finales de un fallecido, o cualquier paso intermedio, los que hacen la diferencia.

Y no es que haga la diferencia solo para la persona que partió, sino también como una muestra de respeto al sufrimiento de su familia y, en general, si nos “miramos frente al espejo que es la muerte”, como una muestra de respeto a nuestra propia vulnerabilidad. Y es que como seres sociales que somos, la empatía es un pilar de nuestra organización, por lo que es imposible que la manera en que tratamos a los demás no nos afecte a un nivel personal y viceversa.

Estamos todos relacionados. “Quien salva una vida salva el mundo”, pues quien es respetuoso frente a una muerte me parece que también salva el mundo.

Después de estas reflexiones expuestas, me sería imposible no agregar algunas palabras a lo que se ha vuelto mi marco de acción profesional, la Kine, como le decimos los que estamos inmersos en ella y, probablemente solo para acortar la palabra, larga como es, pero también denota cercanía, como aquel amigo querido que se le llama por su sobrenombre.

Sin embargo, ¿qué es la Kine? Hasta hace no mucho, no tenía idea, sentía que el nombre me quedaba gigante. ¿Cómo iba yo a llamarme kinesiólogo, estudioso del movimiento, si el movimiento se expresa en todas las cosas? Ese pensamiento me hacía sentir arrogante de llevar el nombre kinesiólogo en el pecho de mi uniforme.

Algunos años de trayectoria profesional, la sumatoria de experiencias, discusiones con docentes, colegas y otros profesionales, me han hecho comenzar a comprender el trasfondo más preciso de nuestro nombre, me he comenzado a sentir cómodo con él. Quizás el nombre no es tan grande una vez que se tiene claro que no abarca TODO el movimiento del universo, sino al movimiento del ser humano como sistema propio de él y de su expresión y funcionalidad en este mundo.

Aun así, no deja de ser ambicioso el querer intervenir al ser humano en su expresión del movimiento en todas sus dimensiones, desde la molécula a la sociedad durante todo el ciclo vital. Pero una vez que se tenga claro que ese es nuestro marco de acción, que es nuestra definición y conjugando la pro-actividad profesional, el trabajo en equipo con otros profesionales de la salud, que abracen la vida y acepten la muerte como parte del proceso vital; creo que podremos hacer crecer nuestro quehacer, darle un espacio donde pueda moverse libremente, ayudando a los individuos como agentes aislados y en conjunto a rehabilitarse y expresarse.

Al final, me parece, no siempre la rehabilitación es total, no siempre se puede volver al punto cero, pero sí se puede aprender a expresarse según las condiciones. Como diría Bruce Lee (artista marcial y estudiante de filosofía), “expresarse es un arte por sí mismo” y el kinesiólogo tiene esa potencialidad: desarrollar un arte que ayude a otros a generar su arte propio en el existir.

Es por esto que esas dos frases de Veredas de Agua me recuerdan a la Kinesiología, a pesar de que el contexto del poema es completamente distinto, permitiéndome el atrevimiento de convertirla en una analogía para esta columna, nuestras espaldas serán los pilares de regresar personas a su movimiento individual y, a través del tiempo, podrán sufrir las consecuencias del esfuerzo, a veces hacernos sentir orgullosos y unificados, otras derrotados y desintegrados, pero en este baile que es la existencia en sociedad, tenemos la oportunidad de marcar la diferencia a través de nuestra mente, nuestros cuerpos y nuestras manos.

Quisiera terminar con una última idea: la reflexión. Creo que un ser reflexivo, en el contexto de esta columna, un profesional kinesiólogo, debe ser capaz de comprender, y no contentarse sólo con entender. Entender es en sí mismo un fin, una vez que se entiende el proceso cognitivo, termina. “¡Ah! Entiendo” implica “logré el objetivo”, distinto es comprender.

Comprender permite re-interpretar nuevamente un fenómeno pero con los nuevos conocimientos y experiencias adquiridos a través del tiempo, por esto, un fenómeno entendido se puede comprender y seguir comprendiendo muchas veces en la medida que la experiencia va creciendo. Vale decir, es la reflexión activa y constante, la auto-interrogación, el proceso sin fin de comprender el que nos permitirá llegar a nuevas conclusiones en pro de mejorar nuestro quehacer hacia los pacientes, que como plantea Helen Hislop en su clásico discurso “El sueño no tan imposible”, la Kinesiología se fundamenta sobre el pilar del cuidado a las personas, del humanismo, del desafío de mejorar su calidad de vida a través de optimizar su funcionalidad.

Así se cierra un círculo con esta triada, entre saber - saber hacer - reflexionar, donde la reflexión es el desmenuzar aquello que se hizo (a posteriori) y llegar a una conclusión que pasa a ser un nuevo saber, una nueva interpretación propia de quien reflexiona e independiente del conocimiento presente “en la literatura” (sin intención de menospreciar la importancia de la literatura) permitiéndonos acercarnos a una mejor atención (un nuevo saber hacer) a aquellos que aqueja la disfunción del movimiento.

Los objetivos son importantes como metas, como maneras de darnos cuenta si cumplimos o no lo que se quiere cumplir. Sin embargo, es el amor por la pregunta y el proceso continuo de búsqueda de una respuesta a prueba de refutaciones la que nos llevará a una atención de calidad. Hacer por hacer, “mover por mover” no basta.

Con todo mi cariño, respeto y admiración quisiera dedicar este humilde texto al profesor Klgo. Ramón Pinochet Úrzua, sin quién no habría sido posible esta pequeña reflexión (cumplí mi promesa profesor), y a mi primera paciente, por permitirme acompañarla en el vivir y en el morir, descansa en paz abuela “Ia”.