Noticias - 1 Febrero 2016
Ciencia en crisis: ¿Hasta cuándo?

Por: Equipo Editorial REEM.

 

 

Hace algunos años, en una de las universidades más ricas de América latina, en donde los recursos no son un problema, un equipo de trabajo necesitaba para su experimento un agitador con inclinación regulable. Tal aparato no estaba disponible en el mercado de ese país, por lo que la investigación se estaba retrasando.

La mayoría esperaba que la institución solicitara el producto, pero un miembro del equipo decidió otra cosa: con un motor de microondas, madera y elementos comprados en la ferretería, construyó lo que se necesitaba. El creativo era un chileno que se sobrepuso a la falta de equipamiento y avanzó. Este hecho real, es un ejemplo de la inventiva que se ha desarrollado en esta larga y angosta faja de tierra. Aquí donde la ciencia siempre ha estado en crisis.

Varios hitos dan cuenta de ello. Existe una Comisión de Ciencia y Tecnología, su director Francisco Brieva renunció en octubre acusando ante la prensa “problemas de institucionalidad y de funcionamiento”; el 70 por ciento de los recursos para investigación son entregados a Santiago y Valparaíso, y lo que sobra se distribuye entre las demás regiones.

Para rematar este 2015, unos mil 500 científicos protestaron por las malas condiciones de trabajo en los laboratorios. Los medios chilenos hicieron eco de la situación, varias páginas se publicaron y el país pudo leer que, en muchos casos, sus sueldos no superan los 500 mil pesos aunque cuentan con doctorado, y tampoco tienen previsión o seguro médico.

Esa es la realidad de la elite del conocimiento, la esperanza del desarrollo el país. Muchos se forman en el exterior a través de las Becas Chile que comenzaron en el 2009 bajo la idea de que, en 11 años, habría unos 16 mil doctores. Logran terminar su postgrado pese a las demoras en los pagos, se gradúan y su retorno resulta aún más doloroso. Se enfrentan a la cesantía o a un salario que está lejos de compensar su esfuerzo. ¿La razón? El gobierno no planeó el regreso de ese conocimiento a Chile porque no hay una estrategia clara. Los que debieran no saben qué hacer con personas de un nivel académico elevado. En el horizonte no se ve un cambio para ello. El 0,35% del PIB chileno se asigna a la ciencia, 2,05% menos de los que el promedio de los miembros de la Ocde invierte. Y aunque se habla de potenciar la tecnología y apuntar a estar a la par de países “desarrollados”, los expertos nacionales se están desperdiciando. El resultado: fuga de talentos. Talentos que son de regiones y que siempre han batallado con el centralismo.

Es que, incluso, la asignación de becas y fondos por parte de Conicyt, durante años se realizó desde la capital. Muchos investigadores consumados solo se atreven a calificar esta situación desde el anonimato como una aberración.

Eso sin hablar de los cientos de científicos de provincia que están en Santiago porque fuera del centro del país las oportunidades se reducen considerablemente. Tampoco hay una mirada de país distinta.

Es claro: hay una limitante en materia de recursos y de equidad, pero existe la creatividad y el talento. Debe haber un punto de equilibrio entre los dos. El investigador chileno debiera ser capaz de construir un agitador, siguiendo el caso inicial, pero necesita las herramientas, una institucionalidad que lo cobije, un respaldo financiero.

No puede convertirse en un panorama normal, por ejemplo, echar mano de una botella plástica y una pelota de ping pong para que estos elementos funcionen a modo de incentivador de flujo, como se ve en muchos centros de adultos mayores en Chile.

Es hora de que la generación actual se forme y se informe. Es necesario que se anticipen a cuando el cambio suceda para que puedan aportar a crear una mejor nación. Sin duda la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología con una mirada descentralizada sería un primer paso para la solución de esta crisis.

Se requieren políticos comprometidos con el fomento del conocimiento y no con aumentarse su sueldo sin mayores méritos. Además es indispensable que dentro de la mentalidad de un investigador prime el deseo de mejorar con su conocimiento su propia zona, de realizar un aporte real, de exigir cambios a quienes dirigen el país, pero también de demandar ética entre sus pares quienes, finalmente, distribuyen los recursos para la ciencia que, por ahora, sigue en crisis.